martes, 10 de abril de 2018

La lectura y la libertad


No digo nada nuevo al asegurar que, en términos generales, la lectura genera cosas positivas (aunque bien podría ser que un tirano o un psicópata lectores tendrían herramientas nuevas para ejercer sus perversiones). Una de éstas es la libertad. Tanto en el plano del conocimiento duro como en el de la ficción más fantástica, leer permite entrar en el mundo del otro, compartir su perspectiva y su forma de ver la realidad. Esto, de inmediato, genera una suspicacia a la hora de enfrentarse a las grandes verdades. Dudar, ser capaces de ponerse en los pies del otro, aprender y aprehender de las experiencias ajenas, abre nuestro panorama existencial. De esta forma, nos permitimos cuestionarnos los planteamientos que se nos presentan a lo largo de la vida. Un acto, el de la duda, que redunda en volvernos más libres. Y sí, en muy buena medida, leer nos otorga esa libertad de pensamiento que ningún otro medio puede aportar.
De ahí que todos los esfuerzos por fomentar la lectura sean tan bienvenidos. Desde el pequeño taller de lectura donde se reúnen media docena de amigos para comentar un libro, hasta ciertos programas masivos que tienden a incrementar el número de ejemplares que cada persona lee. Hoy sólo quiero hablar de uno de ellos.


La Brigada para Leer en Libertad es una asociación civil dedicada al fomento a la lectura y la historia de México. Es un esfuerzo orientado a crear un público más informado, con más lecturas a la mano. Esto último es importante. No sólo por las ferias del libro que organiza o por los cursos que da en línea. Sabedores de que el acceso a los libros en este país puede llegar a ser complicado, se han encargado de regalar miles de ejemplares o, en dado caso, a ofrecerlos a precios verdaderamente bajos, gracias a convenios que hace con las editoriales.
Sorprende la enorme convocatoria que tiene cada uno de sus eventos. No sólo es un público masivo el que se pasea por sus ferias del libro. Es un público que, también, escucha, pregunta y se cuestiona. Ser invitado a una de sus ferias del libro (yo presenté la semana pasada en la Feria de la Alameda), permite estar en contacto con lectores potenciales que, poco a poco, van aportando sus propias inquietudes a los procesos lectores. Y no son sólo presentaciones de libro, también abundan las mesas de debate, los foros y las discusiones que posibilitan ampliar nuestras perspectivas culturales y políticas. Enhorabuena, pues, a este esfuerzo.
Hay ocasiones en que uno se pierde en las páginas de un libro. A quienes les ha sucedido saben de qué hablo: esa emoción incomparable por saber qué sigue en las páginas siguientes, esa empatía con el sufrimiento de un personaje, esa necesidad de robarle horas al sueño, esa confrontación con uno mismo que, a fin de cuentas, es una de las principales razones por las que uno lee. En fin, esos placeres intelectuales y espirituales que difícilmente se encuentran en otro lado. Sé, también, que no todos los procuramos ni los deseamos (hay quienes prefieren acceder a la felicidad por otras vías, bienvenidas sean del mismo modo). Sin embargo, el placer de la lectura existe. Y si los esfuerzos de una A.C., o de cualquier tipo de programa contribuyen a ofrecer el acceso a una sola persona más, entonces bien valen la pena. Yo, por mi parte, no tengo sino gratitud para la Brigada para Leer en Libertad y para cualquier otro programa que vaya sumando lectores a la causa justa de esta misma libertad.

Por Jorge Alberto Gudiño Hernández
Lee y escribe. Lleva años conduciendo “La Tertulia” y muchos semestres dando clases a universitarios. Le queda claro, tras tantas palabras, que tiene pocas certezas. De ahí que se declare “Parcial y subjetivo”. Su novela más reciente es “Instrucciones para mudar un pueblo” (Alfaguara).

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